(Lo siguiente es un cuento para la facultad. Las únicas condiciones (por ahora) es que contenga estos cinco hilos argumentativos: éxito, partida, fracaso, daño, combate.)
Él es joven, atento y muy reflexivo. Ella bien podría ser su abuela, le gusta hacer compras de todo tipo y suele ser víctima de la inseguridad (pero en este momento, ¿quién no?). No se conocen, pero juntos esperan la llegada del colectivo en el barrio porteño de Recoleta.
Roberto estaba primero en la fila, pero llegado el momento, cedió a la señora el privilegio de subirse al colectivo. Ella, sin agradecer, pagó su boleto y se adentró a la densidad que traería el calor humano del viaje.
El recorrido habitual se veía afectado por las congestiones ya asimiladas del Microcentro cuando se liberó el asiento que el muchacho tenía frente a sí. La mujer, empedernida en su objetivo logró llegar hasta él golpeando desinteresadamente a quien fuera necesario con sus bolsas de zapatos recién comprados.
-Por lo menos pida permiso.
-Yo te lo pedí nene, pero vos estabas con tu musiquita y no me escuchaste.
-”Mi musiquita” no está tan fuerte –Aclaró Roberto–. Usted debería ser un poco más respetuosa.
-A mi no me vengas a hablar de respeto. Yo soy una señora mayor y chicos como vos son los que van a arruinar todo el trabajo de mi generación.
Si había algo que Roberto odiaba era ser encasillado en una masa inexistente. Para él, el futuro es una gran responsabilidad y de a poco, está aprendiendo a tomarla.
Con la voz más fuerte, para que su enemigo momentáneo fuera humillado, Mónica agregó:
-Yo a tu edad ni se me hubiera ocurrido hablarle así a alguien mayor. La señora logró el objetivo de ser escuchada, pero el susurro general estaba del lado del joven. El colectivo estaba colmado de trabajadores y estudiantes, no había nadie tan superficial como ella.
-Que usted sea mujer y sea adulta, no significa que sea más que los varones, o los jóvenes. Yo vengo de trabajar, usted viene de mirar vidrieras. ¿Me puede ceder el asiento por favor? Mónica estupefacta, lo miró a Roberto. Hasta el chofer pudo notar cómo el rostro de la mujer se ponía colorado. Fiel signo de su vergüenza.
Aún faltaban varias paradas para llegar a destino, pero la señora se bajó del colectivo con la sensación de que no había persona en ese apretado lugar que no estuviera juzgando la comodidad de esta mujer.
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